viernes, 26 de octubre de 2012

La conjura de los libreros

*Por Roberto Di Vita

CAPÍTULO 33

(Resistencia de los  libreros ante
las multinacionales del libro.)

Resumen: El viejo José librero de alma, con la ayuda de Pablo y Silvina y otros amigos luchan contra las multinacionales del negociado editorial, sufrirán represalias y atentados por esto.

Luego de la misión encomendada, Pablo y Silvina se apuraron a contarle al viejo José lo que habían descubierto en las oficinas “Folino-Sket y Cía”.

No habían descubierto nada, quizás allí estaba la importancia de este descubrimiento. La oficina en cuestión, de tan importante emprendimiento editorial multinacional, sólo contaba con una computadora, una simple computadora.

La cuestión era poder llegar al corazón de esa computadora y averiguar sus secretos. Se pusieron de acuerdo con el viejo y éste reunió a sus amigos libreros de alma. Pablo llamó a Ogiser y al gigante David, dos genios en informática.

Silvina por nada del mundo se iba a quedar fuera de esta aventura. Rosana prestaría ayuda en los primeros auxilios. Luego, el viejo José con su estado mayor de libreros y el directorio de periodistas alternativos. La vanguardia de poetas y escritores y un grupo de gente de acción discutieron el plan de operaciones a seguir.

Se reunieron toda una noche en la librería de Carlos, para alejar sospechas y de esta noctámbula reunión. Entre mates, cafés, tés, gaseosas, vinos, tabaco y ron, se confeccionó el plan revolucionario de operaciones.

Con apoyo de la librería de Nelson, para no despertar ninguna filtración decidieron salir una noche. Simultáneamente el viejo José recibió una carta de Beatrice (ahora  firmada con ese nombre) que lo puso eufórico y melancólico a la vez......(Continuará).

Derechos Reservados.


*Escritor
El pan es un amanecer
dorado y crocante 


*Por Marta Rodríguez

Así había sido a través de los tiempos. El cuenco de madera, amplio, con sus bordes curvados apenas insinuados, volvía a cambiar de manos. Su madre se lo entregaba.
Ella, la mayor de las hijas, recién desposada, partía a su nuevo hogar. El ritual, sencillo y ancestral, iniciaba un nuevo ciclo.
Un pañuelo blanco cubrió los cabellos. El delantal rodeó la cintura. El fermento borboteaba. El agua salada, tibia, aguardaba impaciente. No los hizo esperar. El albor observó al amasijo, arropado junto a la hornalla. El horno de barro, sabía que llegaba la hora de obrar la magia.
Cuando su hombre partió a la labranza, el pan, dorado y crocante, ocupaba su espacio en el morral.

Receta
Pan de Campo

Esponja de Levadura: 50 grs. de levadura / ½  taza de agua tibia / 1 cucharadita de azúcar / 1 cucharada panzona harina

Masa: 2  tazas leche caliente / 100 grs. de manteca, margarina o grasa / 4  tazas harina / 1 ½  cucharada sal

Preparación: En un bol colocar la leche caliente, incorporar la manteca (margarina o grasa) y mezclar hasta que se derrita. Añadir el fermento.   Con las manos mezclar mientras incorpora la harina tamizado con la sal. Volcar en la mesa y armar el bollo. Amasar hasta que se note suave y esponjoso. Dejar levar bien tapado.  Cortar porciones de masa; estirarlas en forma de rectángulos y arrollar.   Hacerle cortes oblicuos y paralelos. Dejar levar nuevamente y llevar a horno bien caliente. Los rectángulos se pueden salpicar con aceitunas, cebollas picadas y rehogadas, orégano, queso rallado, etc.
Nota: poner un recipiente con agua en la base del horno. Ayuda a la excelencia de la cocción.

*Maestra cocinera y cuentista
01/10/2007
El medio pelo
en la calle


Por Horacio González


Hay un mercado de imágenes y una ideología que pertenece al mercado de imágenes. Podemos darles nombre: inseguridad urbana, inflación económica y corrupción política. ¿Es que no existen estas cuestiones? Por supuesto que existen. Tienen su grado empírico y efectivo de existencia en todos los grandes tráficos entre economía pública, vida urbana, instituciones públicas y privadas. Son características de toda vida metropolitana no sólo moderna –de las megalópolis contemporáneas–, sino de las que ya retrataban los grandes tratadistas políticos del siglo XVI, la Florencia de Maquiavelo, por ejemplo.
¿Cuál es la diferencia entre la existencia real de estas dimensiones oscuras de la vida social –siempre hay ilegalidades diversas, las ilegalidades son un percutor de la reproducción del capitalismo– y lo que aquí llamamos el mercado de las imágenes? La diferencia es que todos esos temas reales que las democracias progresistas deben resolver con políticas renovadas, cuando ingresan al mercado de las imágenes se convierten en cuestiones autobiográficas, en efigies e iconografías de un sistema de ideas.
La conocida propensión de los grandes medios del todo el mundo es haber logrado, gracias a tecnologías expositivas que antes fueron patrimonio de las vanguardias, que un caso o varios casos, incluso numerosos casos de cada uno de estos nuevos flagelos aparezcan como arquetipos de una genérica institución política, considerada como un nuevo Leviatán. Siempre se pensó que un puñado de casos eran un tema estadístico. En el mercado de imágenes, todo ello tiene rango ideológico y furtivo.
Serían ciertos Estados que por cualquier razón, especialmente si hay políticas de cuño popularista o de énfasis social de por medio, los contemplados por una razón potencial que los cuestiona señalando elementos que afectan al existir profundo, todo lo que responde al orden de la securitas, la inflatio y la corruptio. Sí, dicho en latín, porque estas nociones ya están en los autores más antiguos. Sólo que ahora, presentadas como tejidos mentales, urdimbres subyacentes del alma colectiva e interpelaciones a la condición ciudadana, han rehecho en todo el mundo la noción misma de clase media con disponibilidad para las grandes maniobras morales.
Es correcto el nombre si se las quiere ver como un mundo difuso, cuya armazón interna son esos arquetipos que a menudo son invisibles, pero que apuntan a la definición existencial del hombre medio, no el homo cualunque ni el medio pelo, sino el que se define por sus condiciones exteriores de vida segura, mundo social límpido y carencia de reflexión sobre las biografías profesionales. La clase media es la más creyente en su autodeterminación –suele salir a las calles con la bandera de la libertad– y es también la más teledirigida en sus prácticas políticas. Consigue la hazaña de llamar libertad a una tautología que se mueve como giróscopo interno de sus propios temores. Así, la libertad puede ser sinónimo de su misma pérdida.
¿Hay que condenarla por eso? Sí, porque en nombre de la libertad del mercado de las imágenes, frustran la comprensión de la libertad que laboriosamente descubren las sociedades en la construcción real de sus derechos.
Tal distorsión de la idea de libertad puede ser condenada en el tribunal severo de las filosofías de la emancipación. No obstante, como también se emplea la palabra, aunque sea de modo literal, la cuestión de la libertad nos reclama atención y más aguzados análisis de movilizaciones como la ocurrida el jueves 13 de setiembre en las grandes capitales del país.
No es necesario pasar nuevamente por la trilla de tópicos no desdeñables, pero que son los más visibles, vituperables y aprehensibles de lo que ya se ha dicho una y otra vez. No trivialicemos la cuestión, aunque sea necesario decir que hay en esos sectores movilizados resurrectos catafalcos de ultraderecha, póstumos gozadores de los bombardeos del ’55, señoras que acaban de salir del shopping con la bolsita de compras que se suman sin ningún distanciamiento gramatical al carrusel rimbombante de los juglares caceroleantes, el personal estable de la 125, el hombre o mujer popular que hizo entrar desdichadamente en su ácido anecdotario conversacional las palabras “populismo”, “negros de porquería” o “cepo cambiario”. No obstante, no parece adecuado desdeñar lo ocurrido ni a través de cómputos ceñidos de manifestantes ni por medio de comparaciones con capítulos ancestrales o más recientes de la vida nacional.
Lo que ocurrió, ocurrió de sorpresa aunque con un clima preexistente –perfectamente intuible– y en perfecta retroalimentación circular con la malla intensa de enunciados que sale de la conocida aparatología comunicacional.
Todo ello merece una reflexión profunda que es el cuño último de la vida política, pues en ella, nada en verdad redunda, sino que todos son hechos nuevos. Cierto que éstos tienen molduras, playas naturales de estacionamiento, sumas y picos estadísticos que el buen analista recopila. Pero no es posible dejar de comprender, y hay que hacerlo sin lamentar, sin lanzar invectivas y sobre todo sin creer que el mundo ya está interpretado.
Jauretche escribió El Mediopelo preocupado por el hecho de este gran sector de la población no se animara a recorrer caminos comunes con los sectores que asumen con mayor decisión un ánimo popularista, le falte o no mayor precisión en sus proclamas y mensuras.
No escribió ese mentado libro Jauretche para condenar a un gran manchón social y simbólico, sino para estudiar –como lo hicieron y lo hacen sociólogos académicos de todo tipo de orientación– a un sector ambiguo –que hace de esta noción su fuerza– tanto en sus formas de circulación económica como de consagración de prestigios, consumos culturales, formas de certificación honorífica y simbologías que sitúan el ser en el mundo.
Los libros de Jauretche son contemporáneos de las obras de Vance Packard sobre la publicidad y el prestigio como orden clasificatorio de las personas, también relacionados, con obvias diferencias que no vienen al caso ahora, con la obra de Pierre Bourdieu sobre el modo en que se reproducen los símbolos distintivos en el poder de las aristocracias y mesocracias.
¿No convendría revisar ahora estas nociones antes de echar mano a lo que ya sabemos para cuestionar a estos sectores que –para decirlo rápido– presentan una gran cantidad de prejuicios sociales e incluso étnicos, como formas de conocimiento?
Siento que no hemos hecho lo necesario para abordar más resueltamente (esto es, más imaginativamente) esta crucial cuestión cultural, que posee manifestaciones nuevas y largas tradiciones que la cimentaron. No son necesarias las pedagogías quejosas, las reeducaciones soberbias ni mucho menos el abandono de la cuestión por ser un arduo acertijo político. Lo político consiste en anotar todo signo novedoso de la vida en común en un cuadernito invisible, que al fin de cuentas es la conciencia social de los representantes del pueblo. Esto que ocurrió, ocurrió. Y no se puede desdeñar su gravosa repercusión. Y ocurrió también en los planos soterrados de toda la conciencia social del país. Es un fenómeno riesgoso, con potencial desestabilizador; así se lo quiere y así se quieren. Saber de que todo esto ocurre en el Hotel del Abismo impone menos señalar a los que medran con el espectáculo –sábese quienes invisten o se invisten en ese rol– que buscar en el trasiego y legado democrático del país nuevas razones que hagan de lo ocurrido un síntoma también de reflexión para los que pisaron el pavimento –de Santa Fe y Callao, sea–, para posibilitarnos decir lo que quizá no se quiera oír, para que acaso la historia pase de creer que algunos hacen lo que deben a que se tome conciencia de que en general no saben lo que hacen. Frase dura del decir político y definición última de la conciencia. Si la decimos, es porque es necesario que crezca en nosotros una crítica más sabia sobre lo que los otros hacen. Y al poder decir que hacemos política porque siempre es bueno transitar el camino que nos permita saber que los que criticamos a “los que lo hacen pero no lo saben”, estamos pugnando para mostrar también un saber que valga la pena ser sabido.



* Director de la Biblioteca Nacional.
Miembro de Carta Abierta.


Http://treintamilrazones.com.ar/el-medio-pelo-en-la-calle/hablar
Diez primaveras


El 21 de setiembre de 2002, en medio de la crisis más profunda que haya vivido hasta ahora nuestra querida patria, nacía Guía Aldea. Un medio más, en ese momento, entre tantas de las publicaciones zonales. Lo que se propuso, ocupar un espacio periodístico zonal,
lo sigue sosteniendo diez años después.
Curiosa porfía la del tiempo y las circunstancias: la  existencia de la misma, en buena medida, lo es porque tiene vida propia. Guía Aldea sigue publicando en la línea del pensamiento crítico,  con voz comprometida y respetuosa de la diversidad democrática,
aún en sus notas más livianas, que expresan, también,
Un mundo ancho y ajeno, como supo decir el escritor Ciro Alegría.
Gracias a los que nos leen, nos avisan, colaboran, imprimen y también a los que nos critican. Gracias a todos ellos y ellas, seguimos y seguiremos estando.
 
El editor.
Bolsos
furoshiki

*Por Eugenia Argüello

Con el auge del cuidado por el medio ambiente en los últimos años se han puesto en boga prácticas de antaño para optimizar la aplicación de las tres “R” (reducir, reutilizar y reciclar).
Una de ellas es el furoshiki: una tela cuadrada de un tamaño variable con la cual se envuelven objetos para ser transportados.
 
El furoshiki nace en Japón hace unos siglos cuando la población se higienizaba en baños públicos, llevando su ropa limpia dentro de una tela y cerrándola en forma de bolsa.
Esta práctica le dio su nombre: “furo” (ducha) y “shiku” (extender) ya que ponían la tela en el suelo, donde dejaban sus pertenencias mientras se bañaban.
 
Posteriormente se extendió su uso a la envoltura de regalos, libros o alimentos y las telas comenzaron a fabricarse en distintos tamaños y con diseños de acuerdo a la ocasión. Con el avance de la cultura occidental en Japón se adoptó el uso de carteras y bolsas, dejando el furoshiki de forma progresiva hasta hace unos años cuando el Ministerio de Medio Ambiente japonés comenzó a promocionarlo como una costumbre sustentable, adaptando la técnica a objetos y necesidades del siglo XXI.
 
En la Argentina existen varios lugares donde aprender el envoltorio en furoshiki:
Centro Nikkei Argentino: http://www.centronikkei.org.ar/
Nichia Gakuin: http://www.nichiagakuin.edu.ar
Furoshiki Argentina: http://www.furoshiki.org.ar

*Lic. Ciencias Políticas