lunes, 16 de julio de 2012

La Conjura de los libreros

*Roberto Di Vita


CAPÍTULO 30

(Resistencia de los  libreros ante las multinacionales del libro.)

 

Resumen: El viejo José librero de alma,  después del ataque a su librería sigue sin noticias de Pablo y Silvina, todo se torna oscuro y peligroso...

Mister Sket, llamado de inmediato a la remota filial del sur del  cono sur, venía con las manos manchadas de sangre, luego de coordinar el golpe de los coroneles.
 
Se había tomado como corresponde a todo un funcionario de la agencia, sus vacaciones en una isla paradisíaca, un mar azul, bellas mujeres y tragos especiales.
 
Había alquilado los servicios de varios lugareños, para recorrer esa isla, pero lo que más le interesaba a mister Sket, eran los libros antiguos y las casas pobres con muchachas lindas.
“Uf!!.Ese lugar donde me envían es el traste del mundo!!” –Se dijo contrariado Mister Sket. En el lugar debía conectarse con Folino, un quebrado local de la agencia y con la ayuda de éste recomenzar otra operación comercial.
 
Folino que vivía en una barrio el oeste, estaba al tanto del arribo de mister Sket, su superior. Pero para sus fueros interiores Folino se prometió, no entregarse y entregar todo lo que le exigían  los gringos .Tenía su corazoncito en la editorial rosada, que fuera de su abuelo, un republicano español que hizo publicar a muchos poetas exiliados de tu tiempo.
 
Pensaba decirle a mister Sket, que rosada estaba en bancarrota hacía mucho tiempo atrás  y nadie se acordaba de ella. Que no era necesario comprarla. Que no era conveniente. Que no era negocio redituable para la agencia. Que no hacía falta apoderarse de esa editorial; sola se había enterrado en el olvido, como a muchos de los poetas y sus viejos textos.
Al menos esa era la intención de Folino para salvar en parte, el recuerdo de su padre y abuelo libertarios...
 
Pero ya, los vehículos y los tanques salían de sus madrigueras...

(Continuará)
Derechos Reservados.

 
*Escritor
Talleres de Autoestima

Talleres de Autoestima (arancelados) con la licenciada Sandra Selles. Los lunes, de 18 a 20 hs, el Grupo "Somos como somos".
Jornadas Mensuales (gratuitas) el primer sábado de cada mes, de 9.30 a 11.30.
El 4 de agosto: ¿Qué me decís?...Escucha activa. Empatía. Brecha generacional: relación de padres con hijos mayores. El 1ro. de septiembre: ¿Trabajo para vivir o vivo para trabajar? Mi relación con el trabajo.
En la sede cultural “Leopoldo Marechal”, Alpatacal y Estrada, Santos Lugares. Informes: 4712-9353 / 15-4163-6192.   www.licsandraselles.com.ar
 
¿Te parece que estoy
por cumplir
70 años?

*Liliana Hecker


Estoy sentada en el segundo asiento del 28, sumergida en el transitorio estado de levedad que me provoca cualquier viaje, por corto o colectivesco que sea, siempre que esté sentada y consiga aislarme del entorno: es una buena ocasión para soltar amarras y echarme a navegar. Distraídamente miro hacia la puerta y veo que sube una señora mayor .
Cierto reglamento interno que me pilotea desde el origen me impulsa a ponerme de pie y cederle el asiento. Si el acto se completa, ocurrirá que unos segundos después, desde mi condición de pasajera-a-pie (rápida ojeada hacia abajo), seré atravesada por una pregunta que me va a dejar perpleja. Pero si la pregunta irrumpe antes de que le deje el asiento a la señora mayor, voy a poder frenarme a tiempo.

¿Mayor que quién? Porque abruptamente habré recordado que me faltan pocos meses para cumplir setenta años y (rápida ojeada hacia arriba) es muy probable que la mujer cristalizada por mí en una senectud sin remedio sea menor que yo. Querida, voy a pensar un poco desafiante desde mi asiento, ¿sabés cuántos años tengo yo? Sin ninguna culpa, voy a regodearme en el mal humor de la mujer, quien (pienso) seguramente estará pensando qué maleducada esta chica que no me cede el asiento y encima me mira desafiante . Porque estoy convencida de que la mujer jamás creería que tengo la edad que tengo. Pero la que en realidad no cree del todo que tiene la edad que tiene, soy yo.

Digamos, aunque suene grotesco, que algo dentro de mí aún aletea y arde en un tiempo sin edad . Y aunque soy consciente de mis años y los pongo sobre la mesa en toda circunstancia que se presenta (cosa que, doy fe, provoca cierta incomodidad en los otros, como si los años –sobre todo los años de una mujer– fueran un tema tabú) y sostengo que no hay que falsear la edad porque los años vividos son el patrimonio que una tiene, sobre todo si es escritora, y sé que mi cara debe revelar sin mayores subterfugios esa edad, aun así, no puedo ser sino a través de esa que aún arde y aletea.

Es rara esa duplicidad: saber la carga cultural que acarrea el número de años que una tiene y, al mismo tiempo, sentirse extranjera respecto de ese número. Una tarde, me acuerdo, yo estaba tomando mate con mi madre, y ella, refiriéndose a una de sus hermanas que se negaba a salir y ya no se arreglaba, con esa falta de escrúpulos que siempre la caracterizó, me dijo: “Ya no la aguanto más: parece una vieja de ochenta años ”. Lo curioso es que mi tía, en ese momento, tenía ochenta y uno, y mi impiadosa madre, ochenta y tres. Su construcción mental de las viejas de ochenta años no se correspondía con su propia persona; nunca pronunció, refiriéndose a sí misma, la palabra “vieja”. “Lilúshkale”, me dijo en su yiddish sui generis el día en que cumplió ochenta y cuatro, “ya me estoy poniendo grande” .

Sin embargo, podía hablar con naturalidad de su edad, y de lo que eso significaba en vida vivida, sólo que para ella, hasta el día en que perdió la conciencia, las viejas de ochenta años siempre fueron las otras. Esa tarde del mate el comentario de mi madre me dio risa; no me di cuenta, en ese momento, hasta qué punto me iba a parecer a ella. O ya me estaba pareciendo. Porque la sensación de extrañeza respecto de mis años había empezado mucho tiempo atrás , tal vez cuando cumplí los treinta, sólo que, por entonces, me faltaba mucho para descubrir las posibilidades del omóplato; a duras penas me había librado del síndrome de la cornisa .

El “síndrome de la cornisa” me había acechado desde la adolescencia y básicamente se resumía en esta pregunta: “Si ahora mismo se me cae esa cornisa encima, ¿qué va a quedar de mí?”. La respuesta era impiadosa: “Cuatro o cinco cuentos, nada más que eso”.

Un episodio puede ilustrar lo que quiero decir. Ocurrió un 9 de febrero, en Mar del Plata, en la casa de la madre de Raúl Escari. Yo cumplía 22 años y, cuando todos se disponían a festejarme, caí en una inmoderada crisis de llanto. Reconozco que el whisky debe de haber ayudado, pero el hecho es que yo fui atacada por la conciencia (y juro que era una conciencia aguda y dolorosa) de que había arribado a mi vigésimo segundo cumpleaños sin haber cumplido esa tarea grandiosa que me había propuesto hacer. Vista desde afuera, tal vez seguía siendo precoz: estaba terminando mi libro “Los que vieron la zarza”, era subdirectora de El escarabajo de Oro (revista que dirigía Abelardo Castillo), llevaba publicadas varias críticas que hasta me hacían parecer alta. Pero dentro de mí sólo contaba lo no realizado, y eso era absoluto. Lo que no había hecho hasta ese momento, no estaba hecho y se acabó: se trataba de una meta incumplida, de un sueño mentiroso.
El futuro sólo tenía sentido para mí en términos ideológicos; aplicado a lo personal, era un vocablo de libro de lectura, una palabra hueca . Si alguien, en una conversación casual, llegaba a jugar con la idea de mis hipotéticos cuarenta o cincuenta años, lo que me invadía era una sensación de asco.
Unos meses antes de cumplir los treinta entré en pánico. Estaba segura de que algo me iba a pasar. Alguien como yo, pensaba (y quería decir “alguien que anda por la vida explotando sus aires de adolescente ”), no puede cumplir treinta años. Pero los cumplí y el mundo no se vino abajo. Mi cara no cambió de golpe (sin duda había empezado a cambiar mucho antes sin que yo hubiera querido notarlo: la cara, por fortuna, siempre cambia, si no seríamos monstruosos ), y nadie –ni siquiera yo– caía desmayado cuando, interrogada sobre mi edad, respondía: “Tengo treinta años”.

Lo cierto es que este incidente de mi vida me llevó a reflexionar tan a fondo sobre la categoría balsaciana de “la mujer de treinta años” en la cual me negaba a encajar, y sobre la carga cultural que una cree que deberá sufrir sobre la espalda por el solo hecho de cumplir treinta años, que me creé antídotos contra cualquier cambio posterior de década.

Aprendí que una sin duda cambia, y a veces a saltos, pero no prolijamente cada diez años. Y aprendí también que no todo cambio es destrucción .
La cornisa sigue estando al acecho, cada vez más probable, pero solo en ocasiones pienso en ella. Y el estado de inminencia –lo que no hice hasta ahora no está hecho y se acabó– poco a poco se fue transformando en su opuesto. Paradójicamente, a medida que el futuro –según toda previsión lógica– se me achica, yo, cada vez más, tengo la convicción –irrefutable, por otra parte– de que en cada segundo, ahora mismo mientras anoto estas palabras, me queda toda la vida por delante. Todo lo que no escribí, todo lo que no leí, todo lo que quise ser y no fui, todo lo que no, aún está por hacerse. Y eso me reconforta: alguien tan incompleto como yo tiene buenas posibilidades de mejorar con el tiempo.

Será que nunca fui bendecida con ese tipo de juventud resplandeciente que habrá de ser muy doloroso ver esfumarse con el paso de los años . No tuve cintura de avispa, ni pechos desbordantes, ni caderas turbulentas, ni una cabellera salvaje que me rodeara como un aura: nada que pueda caerse, o ablandarse, o engrosarse demasiado; tampoco un talento espontáneo por el que las estrofas algún día me hayan brotado como agua de manantial.

Cuando tenía veinte años, en una mesa de Bachín, Alba Mujica, que leía las manos, miró mi palma y, sin ninguna consideración por mis ínfulas de chica precoz , me dijo: “No sos el Niño Jesús, y tampoco sos Mozart”. Debió decir más cosas pero eso es lo único que recuerdo porque me dio justo en la matadura. “Nena (leí debajo de sus palabras), lo que quieras conseguir, sea un cuerpo elástico o una página legible, lo vas a tener que conseguir a fuerza de trabajo”. Y así ando. Como cualquier proletario del mundo, en cuanto a los dones dorados de la juventud, no tengo mucho que perder. ¿Ciertos chorros de alegría que me atravesaban en la adolescencia? He descubierto con sorpresa que eso no se pierde, es lo que, desprevenidamente, me impulsa a levantarme del asiento cuando sube al colectivo una señora mayor. Todo lo demás me queda por hacer.

A los treinta y dos años, en mi cuento La sinfonía pastoral, la protagonista escribe: “A veces tengo la sensación de ser una especie de bofe pensante dejado en el mundo sin forma ni destino pero con infinitas posibilidades: tener una cara, escribir libros, hacer la vertical”. Me pregunto: ¿Sabía realmente ella los alcances de lo que estaba diciendo? Concebía esa que se situaba con cierto horror a las puertas de sus treinta y dos años, a esta que ahora, sin horror, se sabe a las puertas de los setenta? No lo creo. En esa época, a mí las edades futuras todavía me provocaban un vértigo que se parecía a la náusea .

Claro que (y en el cuento se advierte) yo ya estaba preguntándome sobre el trabajo del tiempo, pero en ese tiempo, mi tiempo de entonces. Me quedaba mucho por descubrir, varias luchas que emprender. Ese es el gran dilema: cuándo me voy a entregar dócilmente al trabajo de los años. ¿Existirá ese momento o, como quiero decidirlo ahora, la muerte me va a encontrar triunfante , en la actitud de cederle el asiento a una señora mayor? No lo sé. Por el momento, sigo recogiendo el guante.

La vertical me está saliendo mucho mejor que a esa mujer de treinta y dos que no sabía para qué lado bajar las piernas; y el saque me sale mal pero poco a poco va mejorando .

Sé que debo perfeccionarlo, de eso no hay duda, pero ¿acaso no me queda toda la vida por delante? Hace poco descubrí mi omóplato derecho. Resulta que, vaya a saberse por cuáles avatares de la vida, hacía décadas que, sin saberlo, lo tenía bloqueado . Caramba, me digo, mientras frenéticamente lo muevo frente al espejo, si aun sin ese omóplato manejé el mouse, cargué paquetes de revistas y aprendí tardíamente a jugar al tenis, ¿qué no voy a conseguir con mi omóplato en la plenitud de sus aptitudes motrices? Un sinfín de posibilidades se abre ante mí. Todo es nuevo porque todo es mirado por mí a la luz de una edad que me era desconocida. Considerada así, la vida es bastante interesante. No me engaño. A veces, cuando subo al colectivo, un muchacho con walkman o una chica de rulos me cede el asiento. Me ha cosificado en mis años y tiene derecho. Yo me sorprendo un poco pero aprovecho la volada y me siento. Es una buena ocasión para que suelte amarras y me eche a navegar.


* Escritora

Http://www.clarin.com/sociedad/parece-cumplir-anos_0_728327336.htm
Despenalizar a ciegas

*Lic. Esteban Gómez


Escribir un sencillo y comprensible artículo sobre Despenalización del uso de tóxicos ilegales, es muy riesgoso, porque necesitaría un libro entero para poder pensar las variables, médicas, psicológicas, sociales y legales que atraviesan el tema.  Tampoco cabe explicar que cada uno de nosotros puede pensar y hacer lo que desee con su propia existencia, siempre y cuando no afecte derechos y libertades ajenas.

Daré muchas cosas por sabidas y simplemente recurriré con un lenguaje sencillo a mi propia experiencia laboral como especialista en adicciones, durante 11 años en el ámbito público de la provincia de Buenos Aires,  y en el ámbito privado desde hace  17 años.

Observamos que en los inicios del siglo XXI la relación del hombre con las sustancias tóxicas ilegales, toma  dos formas básicas:   las autodestructivas y las sociales. 

Trataré de brevemente, según lo solicitado por esta publicación, caracterizar a las dos formas, para luego  pensar la cuestión de la des-penalización del uso de la marihuana.

El consumo autodestructivo:  Diagnosticado habitualmente como Dependencia a la sustancia. El consumidor esta en una relación de fuerzas desventajosa, ya que el tóxico tomó el control de su vida (aunque no lo sepa o lo niegue), hay perdida de libertad, de sentido para la propia existencia y la relación con su cuerpo se convirtió en un campo de batalla, o lo que es peor, su cuerpo mismo,  es el campo de batalla…
De no intervenir terapéuticamente, el sujeto corre riesgo, a mediano o corto plazo, de morir y/o deteriorar gravemente su estructura psíquica, mas allá del daño generado a sus seres queridos.
El consumo social:  Diagnosticado como Uso o Abuso de sustancias. En la mayoría de los casos el sujeto no pierde el control, la sustancia lo acompaña en determinadas situaciones, por lo general,  asociadas con el disfrute y el placer. Hablamos de un consumidor social o un explorador eventual de efectos psicotrópicos.

Cabe aclarar que todo consumo autodestructivo o drogadependencia, comenzó siendo un consumo social, aunque no todo consumo social lleva a una situación autodestructiva.

Los que trabajamos en esta problemática, sabemos que las pertenencias socio-culturales y económicas, marcan grandes diferencias. La mayoría de los pibes pobres, de clases marginales y media baja, llega al final del camino, a la fase autodestructiva, mientras los pibes con más herramientas escolares, sociales y respaldo económico, si tienen algún vínculo con las drogas, lo hacen de manera más cuidada y tienen una red social más contenedora, que evitaría en la mayoría de los casos, la autodestrucción.

Ojo, aclaro otra vez: la pertenencia social nunca será definitoria, hay miles de pibes consumidores sociales de González Catán y miles consumidores autodestructivos de Recoleta…

También sabemos la enorme cantidad de recursos profesionales y económicos que el Estado gasta innecesariamente, persiguiendo e imponiendo tratamientos a consumidores sociales. Consumidores que por otro lado, ejercen su derecho, sin molestar a otros. Para estas realidades la despenalización es absolutamente pertinente y necesaria.

Ahora bien, reconociendo nuestra  “otra realidad social”, por ejemplo con los inmensos bolsones de pobreza y marginalidad, en el Gran Buenos Aires, en Rosario y en Córdoba, con más de 600.000 jóvenes de entre 15 y 25 años que no trabajan ni estudian y no tienen contención social en clubes o instituciones religiosas, pensar en la Despenalización , a mi parecer, exige detenernos y reflexionar mucho más.

Pienso que esta iniciativa está dirigida a la clase media y alta. Es progresista en el mejor de los sentidos , pero enfocada a una realidad cercana al mundo desarrollado, al alemán o al  canadiense por citar algún ejemplo.

El joven que el viernes a la tardecita, después de una semana de mucho estudio en la universidad, decide encender  un porro en su habitación, apoyará esta ley. Tres compañeros de oficina, que el sábado a las seis de la tarde terminan su semana y se fuman un churro en la plaza antes de volver a sus hogares, apoyarán la ley.
La joven abogada,  que junto a su novio arquitecto deciden fumar marihuana después de cenar en su balcón de cara a la avenida Cabildo, apoyarán la ley.
El diputado, que ya peina canas y se fuma un finito con su hijo mayor , en su country de Escobar, también apoyará la ley.
Los adolescentes de tal escuela privada y religiosa, que tienen una plantita escondida en el parque, detrás de su piscina, festejarán la ley.
Y está bien, porque es una locura que se los acuse de infringir una ley federal, por fumarse un porro cada 15 días.  Pero…

Preguntémosle al Padre Pepe, cura villero de la 31, que tuvo que exiliarse en 2011, en democracia, a Santiago del Estero, amenazado por los narcos del paco y la marihuana,  qué opina  …
Preguntémosle a las Madres del Paco, muchas de las cuales ya han enterrado a sus hijos ¿qué opinan ?…
Preguntémosle a los vecinos de José León Suárez, de la Cárcova, de Aldo Bonzi, de San Miguel, de Moreno, de Villa Libertad, de los barrios cercanos al Ceamse,  los de Pontevedra, los vecinos de  Las Catonas, de Barrio Ejército de los Andes (“Fuerte Apache”)… y cientos de otros barrios,  preguntémosle  qué opinan de este proyecto de Ley …
Preguntémosle, por ejemplo, a los excelentes médicos, psiquiatras y psicoanalistas del Hospital Posadas, que atienden diariamente intoxicados de las más variadas sustancias qué opinan… Preguntémosle a los remiseros o comerciantes del Gran Rosario, que opinan.

Despenalizar sin crear nuevas redes de contención socio-sanitaras a nivel nacional, será realmente peligroso desde el punto de vista sanitario y comunitario. Despenalizar en una realidad con miles de embarazos adolescentes, con miles de pibes que abandonan el secundario, con hectolitros de consumo de alcohol diarios,  sin herramientas preventivas y sociales, puede ser suicida, no para los vecinos de Palermo o de Puerto Madero, sino para los vecinos que laburan en negro, para los que cobran un subsidio o viajan cuatro horas por día para llegar a la fábrica, para los millones que viven en barrios pobres y marginales, porque para ellos las cosas podrían empeorar. 

Quizás muchos lectores “progresistas” estén en desacuerdo con este escrito, y los respeto, pero sé que ninguno de ellos pasó siquiera 2 horas en una villa, o en alguno de los barrios que mencioné, que jamás escuchó llorar a un padre de esos pibes que viven fumados, que jamás tomó un colectivo sin vidrios, que no saben qué se siente laburar 9 horas con los  pies mojados un día de lluvia, y mucho menos pasó una semana a mortadela y pan…

Alguien dijo que "la Realidad se la sueña desde arriba y se la sufre desde abajo".
                                                 

*Psicoanalista
M.N. 25.591
Jubilaciones, pensiones y reajuste de haberes


¿Qué es lo que se reclama con el reajuste jubilatorio o de pensión?

El reajuste del haber consta básicamente de dos reclamos:

–Correcta actualización de remuneraciones tomadas para el cálculo de la jubilación y,

–Movilidad de la Jubilación y/ pensión.

¿Qué significa movilidad?

El haber de jubilación es la prolongación de la remuneración después del cese de la actividad laboral y, necesariamente, debe respetarse la proporcionalidad que debe existir entre el haber de pasividad y actividad. La movilidad es una garantía que otorga la Constitución Nacional a  las jubilaciones y pensiones.

En un país como el nuestro donde las variables económicas fluctúan constantemente, se hace necesario el establecimiento de un criterio que permita que las jubilaciones y /o pensiones no pierdan su valor adquisitivo. Como es de público conocimiento, desde que el Congreso Nacional dictó la famosa “Ley de Solidaridad Previsional”, vigente desde marzo de 1995, las jubilaciones y pensiones quedaron congeladas por mas de diez años.

En estos últimos años el Gobierno Nacional otorgó varios aumentos a las mínimas y a haberes inferiores a $1000, dejando de lado el resto de los haberes.
De esta manera, se produjo el achatamiento de las jubilaciones, puesto que con estos aumentos dispares colocó en idéntica situación a quienes se encontraban en situaciones desiguales, pero, lamentablemente, esta equiparación es regresiva colocando a más pasivos en percepción de haberes mínimos.

¿Quiénes tienen derecho al reajuste?


La incorrecta actualización y la inmovilidad de las prestaciones previsionales a cargo del Estado Nacional son problemas que afectan a todos los jubilados y pensionados. No obstante ello, existen grupos más afectados que otros. Para detectar hay que estudiar la historia previsional de cada jubilado.

Por otra parte, las personas que perciban haberes de regímenes provinciales transferidos también tienen derecho al reajuste por movilidad, dado que ésta es una garantía constitucional.

Antes de decidir ¡¡consulte siempre a un especialista!! Su pregunta no molesta.


Dra. Sabrina Anabella Bzdyl
Abogada especialista
en Derecho Previsional
El Payador 5282, Villa Bosch
4844-9146